“Hay una gratitud en los cuidados difícil de encontrar en otros trabajos”

Olga Luna, cuidadora de la FAD SJD

Si ahora Olga se dedica a cuidar es porque a ella la cuidaron cuando más lo necesitaba. Después de recibir el golpe más duro de su vida decidió darse una oportunidad. Es una persona inquieta, observadora y cariñosa que ha encontrado en el mundo de los cuidados un nuevo camino que, de alguna forma, también la ha sostenido.

Olga Luna | Cuidadora de la Fundació d'Atenció a la Dependència Sant Joan de Déu

¿Por qué eres cuidadora?

Me convertí en cuidadora cuando a mi hijo Sergi le diagnosticaron una enfermedad minoritaria muy grave, el síndrome de Hunter o MPS II, que conlleva un deterioro brutal de la persona. Durante 15 años luchamos todos en casa para que Sergi tuviese una buena calidad de vida, lo cual inevitablemente pasa por aprender a cuidar a quien más te necesita.

Después de la pérdida de tu hijo, ¿qué es lo que más te ayudó?

Me ayudó lo que de entrada pensaba que no me podía ayudar. Durante 15 años había sido la cuidadora principal de mi hijo, 24 horas al día los 365 días del año, sin descanso. Y nadie está preparado para despedirse de un hijo. Es antinatural. Yo, además, arrastraba una depresión, un cansancio emocional y un desgaste físico inmenso. Él y su enfermedad fueron mi vida, me dediqué a ello de lleno, y esto me hizo aprender mucho sobre cómo cuidar: cambios posturales, colocar férulas, tomar constantes, conectar el oxígeno, colocar sondas y observar mucho. Después de 4 años de la pérdida de mi hijo, una persona del equipo de paliativos de SJD me dijo: “Con la experiencia que tienes en cuidados, ¿por qué no te formas y haces lo que ya sabes hacer?” En aquel momento pensé: “Rotundamente no”.

¿Y qué te llevó a decir que sí?

Estaba tan hundida que debía probar algo y decidí formarme. Aquellas formaciones me suponían un gran esfuerzo. No me encontraba bien: levantarme por la mañana, comer o mantener la higiene personal era un esfuerzo. Y lo hice al empezar la formación, que me obligaba a estar conectada al mundo. En aquel momento fue mi gran terapia sin saberlo.

¿Cómo fueron tus primeras experiencias como cuidadora?

Después de formarme y obtener el título de auxiliar domiciliaria en la FAD, donde me trataron y me tratan con mucho cariño, mi primer usuario fue un niño. Cuando me lo dijeron me asusté mucho y pensé que la vida a veces tiene cosas extrañas. No sabía cómo reaccionaría y lo pasé mal, pero lo superé. Siempre intento ayudar y hacer mi trabajo lo mejor posible.

¿El día a día de cuidar es un poco como vivir?

Sí. En definitiva, para mí cuidar es acompañar, escuchar, animar, cantar, reír, llorar… de eso aprendes mucho. Es muy enriquecedor y cada día aprendes también mucho de ti mismo.

¿Qué crees que aportas más a las personas a las que atiendes?

Intento transmitir mucha tranquilidad. Tengo mucha paciencia y amo este oficio.

¿Qué es lo que más te gusta?

Cuando te dicen “gracias”. Hay una gratitud en los cuidados difícil de encontrar en otros trabajos. Pero también hay una parte muy dura, cuando tienes usuarios paliativos y te comunican su muerte.

En la FAD confían en mí incluso cuando yo no lo hago.

¿Cómo puedes ayudar a sobrellevar el duelo?

Es muy complicado. No tiene fecha de caducidad. Nunca se acaba. Hoy estás muy bien, pero mañana quizás no. Después de 7 años, la pérdida de mi hijo aun me duele. Aprendes a vivir con este peso. Hay mucha gente que dice que el tiempo y el olvido lo hacen todo. Yo, a mi hijo, lo tengo más presente que nunca y lo siento siempre muy cerca, seguramente porque me dedico a los cuidados, pero, a la vez, solo entendiendo muy bien a los otros cuando lo viven ya los ayudo a sobrellevar el duelo.

Acompañar y entender es lo que más ayuda.

Sí, cuando entré en la FAD encontré confianza, y también me dieron herramientas para hacer un trabajo en un momento muy vulnerable de mi vida. Pero sobretodo lo que hay es confianza. Confían en mí incluso cuando yo no lo hago. La tarde que llegué a la FAD me atendió Ana Pérez, y al final de nuestra conversación me dijo una frase que me ayudó a despertar y a conectar con mí misma: “Olga, deberías darte una oportunidad. Te la mereces”. Y me la di y aquí estoy, haciendo un trabajo que me encanta.

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