Oriol Bota: «La solidaridad: ¿motor o freno para la transformación social?»

Oriol Bota, director Obra Social SJD

Licenciado en Administración y Dirección de Empresas por ESADE, se especializó en el asesoramiento a entidades de economía social desde el Colectivo Ronda y posteriormente trabajó como Director financiero del grupo cooperativo Grup Cultura 03. Desde 2009 está vinculado a San Juan de Dios, dirigiendo la Obra Social de la institución. Ha impulsado la dimensión de captación y de sensibilización de la institución y el proyecto Magic Line, una movilización solidaria a favor de las personas en situación vulnerable que reúne cada año más de 10.000 personas bajo los valores del trabajo en equipo, la cooperación y la no competitividad.

Oriol Bota | Director de la Obra Social San Juan de Dios

Soy de quienes cree que estamos exprimiendo y retorciendo demasiado la palabra ‘solidaridad’, y de tanto usarla la estamos vaciando de contenido. En nuestra sociedad parece una palabra talismán y bajo su paraguas algunas empresas justifican acciones de marketing, organizadores de eventos que intentan dar valor social a sus actos, diferentes ONG que justifican su comportamiento neoliberal y personas que se limpian conciencias. La solidaridad vende, ofrece espacios de repercusión y aleja a los fantasmas de la duda. Cuesta mucho cuestionar las acciones que llevan la etiqueta ‘solidaria’ y es que no está bien visto criticarla. Aun así, a menudo se ven acciones que la usan y poco tienen que ver con ayudar a los otros o con denunciar las causas que provocan la vulnerabilidad.

La solidaridad va más allá de la limosna y esto, que parece evidente, no lo es cuando solo damos aquello que nos sobra. Si haciendo una donación pensamos que cubrimos nuestra cuota de solidaridad es que alguna cosa no va bien, porque la solidaridad tiene un punto de incomodidad. Tal y como dice la filósofa Begoña Roman, no se puede ser parcialmente solidario. La solidaridad la ejercemos como deber y como derecho porque respetamos la dignidad inherente del ser humano. Tendría que impregnarlo todo y tendría que ser una de las dos caras de la moneda. La otra cara debería ser la justicia y, en parte es por eso, que la solidaridad tiene que ser transformadora, buscando la justicia y queriendo cambiar las situaciones injustas.

Transformación social y solidaridad deberían ir de la mano y intuyo que esto no pasa tanto como querría. En los últimos años la solidaridad se ha popularizado, ha entrado en ámbitos y sectores sociales en los que hasta hace poco no estaba demasiado presente, pero ha pagado el coste de abandonar parte de su dimensión de transformación social.

Uno de los grandes actores en el ámbito solidario es el tercer sector y concretamente las ONG, entidades sin ánimo de lucro. En general podemos afirmar que el sector ahora gestiona mejor, pero por el contrario no tengo claro que ahora hagan mejor la incidencia. Las entidades se han profesionalizado con directivos y trabajadores del mundo de la empresa. Ahora muchas entidades tienen una mirada con un fuerte componente de gestión, pero a la vez, en algunos casos, se han mercantilizado. Es en este proceso de mercantilización que algunas entidades sociales desdibujan su razón de ser, y el sentido de su existencia, para pasar a tener como objetivo prioritario la perpetuación y el crecimiento.

Ante esto, tenemos que hacer valer el discurso de la especificidad del sector y del talante propio de las entidades. Tenemos que poner en valor las entidades arraigadas en el territorio y la comunidad que trabajan por y con los vulnerables. Hablar de empoderamiento es básico como también lo es proteger los espacios de sensibilización y denuncia de las entidades. Es evidente que hay una tensión compleja entre la acción enfocada a la transformación social y la presión de la gestión de la cuenta de pérdidas y ganancias. Mi admiración por las entidades pequeñas que son realmente asociativas, para las grandes que se arraigan en el territorio y por los que trabajan en procesos participativos y de trabajo comunitario. Son un ejemplo a seguir en el abordaje de la complejidad y la tensión entre rentabilización de la acción y coherencia en la misión.

¿Hasta qué punto se puede transformar si se depende de quién es parte del problema?

El actual entorno de crisis económica ha precarizado muchas entidades, las ha llevado a priorizar el corto plazo y muchas entidades han bajado el listón. El límite de la donación es la ley y todo aquello que esté dentro de la ley es válido. Ni la evasión de impuestos, ni los incumplimientos laborales (aquí o en países terceros), ni las políticas de poco respeto a clientes, serán motivos suficientes para rechazar una donación. Demasiado pocas entidades tienen un código ético que las lleve a decir: «así sí, esto no». Y es que nos encontramos en un entorno mucho más competitivo que colaborativo. Demasiado a menudo la filosofía en el sector es: si nosotros decimos ‘no’ el de al lado dirá ‘sí’.

Y a las entidades se nos gira más presión para dar respuestas a más gente y para responder a nuevas necesidades. En un contexto de crisis económica de largo recorrido que ha roto muchas protecciones que amparaban a las personas en situación vulnerable, nuevos colectivos han entrado en el sector de la vulnerabilidad. Hoy tenemos trabajadores pobres, personas dependientes que no pueden acceder a la Ley de la dependencia, familias y jóvenes que malviven por culpa de los altos costes de las viviendas y/o de los suministros. Es decir, tenemos más trabajo generado en parte por el marco legislativo, que favorece a unos cuantos y vamos a estos favorecidos a que nos ayuden. ¿Hasta qué punto se puede transformar si se depende de quién es parte del problema?

Y es en este entorno tan complejo que el tercer sector gestiona la solidaridad. Las entidades no lucrativas han dado pasos atrás y han hecho renuncias en la acción de denuncia. Destaco cinco:

  1. La regresión en la calidad de los mensajes que algunas entidades proyectan a los medios. Ha vuelto el apelar a la pena, que busca la respuesta primaria, la donación por impulso.
  2. El aumento del asistencialismo por encima del trabajo en los cimientos. Se prioriza cubrir necesidades inmediatas a modificar las condiciones que provocan estas necesidades.
  3. La banalización de la implicación. Personas y empresas donando lo que les sobra, deshaciéndose de los excedentes, a la vez que se incluyen en los programas de Responsabilidad Social. O entidades que organizan actividades solidarias aplicando un sobrecoste al participante.
  4. La difuminación de la línea solidaria, con aportaciones solidarias que no son significativas al lado de los costes de las acciones o productos vendidos como  solidarios.
  5. El apostar por «la causa que vende», invisibilizando las causes más estigmatizadas o que generan rechazo social. Así costará mucho cambiar su realidad.

Y una última reflexión para concluir. Si las entidades de ocio de mi pueblo, gestionadas exclusivamente por jóvenes voluntarios han pasado de competir a colaborar, han pasado de ignorarse a trabajar en red, el resto de entidades mucho más profesionalizadas también lo podemos hacer. Tenemos que aprender a colaborar y a mirar al largo plazo por encima del corto. Las entidades tenemos que dejar de ser cazadoras para volver a ser sembradoras. Pero para volver a alinear solidaridad y transformación todos tenemos un papel a jugar. Los profesionales de las entidades, los voluntarios, los socios donantes y patrones, los seguidores de las redes sociales… Todos los agentes podemos ayudar a hacer que las entidades seamos más incisivas y más rigurosas en la sensibilización y la incidencia que también es acción. Tenemos que evitar la paradoja de la sociedad en la que el 100% nos sentimos solidarios, pero el global de la sociedad no lo es, porque no cuida a los vulnerables ni cambia las causas que provocan que haya gente frágil. Si las entidades somos neutrales en situaciones de injusticia quiere decir que las legitimamos y por lo tanto difícilmente podremos cambiarlas.

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